La influencia de viajar para una mente creativa

¡Hola! Me llamo Tania. Dibujo, tengo muchos gatos, amo el frío y las tormentas, la pizza con piña y el helado de menta. Estoy desgarradoramente enamorada de Asia desde que tengo uso de razón y ésta es mi excusa perfecta para contarles por qué pienso que viajar es la recarga más pura, absolutamente necesaria e imprescindible para una mente fluida y creativa.

Paso I: Animarse.

2014 - 2016.

2 años. 730 días. Por decisión propia, un paréntesis muy largo de espera. Como diseñadora, puedo decir que estaba quemada, confundida y aturdida. Y como persona normal quiero admitir que tenía la cabeza llena de hojas secas. Ideas quebradizas, desordenadas, sin vida.

El día en que por fin me atreví a pedir mis muy esperadas primeras vacaciones en la empresa, me latía tan fuerte el corazón al oído que casi no escuché las palabras de mi jefe cuando me dijo:

"Andá. Divertite, conocé. Lo que vas a aprender allá es algo que ningún libro te puede enseñar. 
Los viajes son para eso, para aprender."

Bajé las escaleras con los ojos vidriosos, las rodillas temblando y no lloré de felicidad ahí mismo solo porque me entró un pendiente urgente, pero el primer paso ya estaba dado. Esa ansiedad que llevaba instalada entre los pulmones se condensó automáticamente en un rocío de otoño. 

Todo estaba bien en el mundo.


Paso II: Dejarse llevar.

Después de una jornada impecable de 36 horas y 4 aeropuertos, uno pensaría que el cerebro pone un álbum de Sigur Rós, se toma un vino, se relaja y sale de su modo "high performance", pero yo diría que es básicamente todo lo contrario.

Con el primer suspiro de aire extranjero se activa un superpoder que hace que ningún detalle se te escape y mágicamente se acoplan a tu cabeza una docena de gigabytes extras de espacio para llenar. Inconscientemente comienza la cacería visual más intensa de tu vida. Las reglas de juego: todo vale.

De repente, nada es demasiado. Se dejan de lado las mañas personales, los gustos adquiridos, los pre-conceptos, los prejuicios. Las bibliotecas viejas que alguna vez llenaste con lo que era "lindo" y "feo" se deshacen y todo pasa a ser simplemente.. "nuevo". Sin clasificar.

Cada “nuevo" pedazo de información se archiva ahora de una manera distinta, sin notas extras al costado y sin tantas etiquetas. Estás verdaderamente viviendo el momento. Aromas, diseños, colores, texturas, sabores, todo se concentra como láminas de hojaldre entre bloques vívidos de experiencias en alta resolución, y se guardan en tu memoria pieza por pieza. Carpetas comprimidas para "bajar” después. Desde lo más insignificante hasta lo más obvio.

Nada pasa desapercibido.


Paso III: Permitir que prendan las raíces.

Es nomás así, hasta que uno de esos días de turistear en el medio del caminero sagrado de algún palacio milenario -entretanto seguís con los ojos unos trazos de pintura desteñida al sol- te cae la ficha real de que esos firuletes raros que estás mirando salieron de la mano de algún artista o diseñador joven como vos hace dos mil años. Y mientras te sentís infinitamente pequeño y grande al mismo tiempo, la curiosidad te despega del suelo y te lleva de paseo.

Magia. Conexión establecida.

Me pasó. Con cada poste de luz, cada afiche, cada servilleta, cada ladrillo decorado que inevitablemente me absorbía y me dejaba con un eco de preguntas: ¿Por qué ese estilo?  ¿En qué pensaba la persona que creó esto? ¿Por qué centrado y no alineado a la izquierda? ¿Por qué esa textura? ¿Por qué esa perspectiva? ¿Por qué esos colores? ¿Qué hubiera hecho diferente? ¿Para quién?

Conversaciones infinitas en mi cabeza. Cada observación = una nueva pieza del rompecabezas. Y a la noche, con el cansancio líquido en los párpados, las luces apagadas y el murmullo de la ciudad que no duerme -tratando de seducirte una hora más-, ahí mientras estás en el limbo a punto de caer inconsciente en algún sueño psicodélico, esas cosas que aprendiste durante el día empiezan a anidar profundo en tu cofrecito de creatividad.

Ese es el tesoro que encontraste y asimilaste vos por tu cuenta y que, efectivamente, los cursos, los libros, el dinero, no pueden comprar. Fragmentos de aprendizaje que quedan ahí para siempre, eternos e impermeables.

Al final, cuando se acerca el día de retornar a casa y sentís necesidad de llorar, -de tirar tu pasaporte por la ventana y quedarte para siempre, y recapitular todo lo que viviste porque te parece que el tiempo pasó volando y que la vida es injusta-, quiero que sepas que es 100% seguro que no seas la misma persona que eras cuando comenzaste este viaje, y que agradezcas que por suerte las aerolíneas no cobran el inmenso peso extra de equipaje intelectual que acarreamos con nosotros cuando volvemos.


Por: Tania Reyes / Imágenes: Tania Reyes

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